EL LOCO DE LA PLAYA
Julio César López Ventura
Como todos los días, al hombre se le veía en la playa, por el rumbo del panteón, durante su cotidiano ir y venir a lo largo de unos cuantos metros. Con la mirada fija sobre la arena como que sabía qué buscar, se
agachaba por momentos, sonreía y continuaba su recorrido. Unos decían que coleccionaba conchas de colores, otros que estaba loco de remate. Tampoco se le conocía familiar alguno. Portaba extraños collares de cuentas como granos de maíz envueltos en papel metálico, de ese que viene en las cajetillas de cigarros. En otras ocasiones, como en la feria del pueblo de san Benito, se paseaba ataviado con ropas sin planchar y un pañuelo rojo en la cabeza.
Flaco, de mediana estatura y con la piel bronceada por el sol, llevaba pedazos de cadenas de oro anudadas al
cuello con hilo de pescar y pulsos entrelazados en sus muñecas. Los dedos, cocidos por el agua y la sal, dejaban ver algunos anillos con piedras de diferentes colores. En silencio caminaba por las calles del pueblo apartándose de los demás, si acaso una sonrisa ocasional dirigida a nadie.
Cierta noche un pescador rezagado lo vio en la playa. Y pudo observar cómo un grupo informe de siluetas andrajosas, sin rostro, como flotando sobre la arena se acercaban al loco de la playa y en un remolino de viejas telas desgarradas y un olor pútrido se lo llevaron hacia el panteón. Gritos y llantos se diluyeron en el
murmullo del oleaje.
Entre las tumbas del árido lugar, bajo una cruz de concreto derruida, yace una mano descarnada portando relucientes anillos con piedras de colores, que nadie se atreve a tocar.
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