El Engendro

Gustavo Gonzzalí Mayoral

     Crecer en esa pequeña bolsa acuática, junto a quien lo excedía en tamaño le turbaba el instinto. Su incomodidad no sólo era por cuestiones de espacio, la apariencia serena de su consanguíneo le provocaba el presentimiento de que podía ser expulsado...

     El origen de su existencia lo tenía sin cuidado a pesar de ser como era, con esas gruesas escamas como de pez y esas protuberancias gelatinosas que le crecían por todo el cuerpo. Tampoco le importaba estar ahí, justo ahí, en ese tiempo, en ese mundo.

     Quizá provenía de una copulación diabólica entre lo eterno y lo fugaz, entre el bien y el mal, el extravío de una infamia divina. Pero ahí estaba, en ese universo, y ahora lo importante era vivir, perpetuarse sin importarle nada mas, al fin y al cabo una insensatez superior lo había creado y ahora estaba ahí, usando sus dientes cada vez que el otro se meneaba. 

     A cada movimiento, él lo apretaba y mordía provocando un círculo interminable: a la agitación desesperada seguía la mordida, para desembocar en el llanto más triste y amargo de todos los llantos, el llanto silencioso de la impotencia, y de nueva cuenta la sacudida agobiante.

     Era el drama de una concepción equivocada y que Enedina, la madre, no conocía, pero que palpitaba en cada espacio de su cuerpo y que el joven pasante de medicina no podía explicar. Era un gemir profundo brotando del vientre para reflejarse en su rostro tatuado de sol, un dolor necio que no la dejaba descansar un sólo momento. Por eso decidieron con su esposo caminar quince kilómetros, atravesando los campos enfermos de sintéticos para llegar al improvisado dispensario de la costa de Soconusco.

     Tiene un embarazo de más de seis meses —les dijo el pasante— y es mejor llevarla a la ciudad de Tapachula para hacerle un estudio completo, ¿hay gemelos en su familia?..

     Cuando salieron, los ojos tristes de Enedina se nublaron. Sabía que el viaje a la ciudad era imposible. Sus cuatro hijos estaban solos, aunque se los recomendó a la comadre.

    Vonós de vuelta al rancho a ver a la Delfina  —le dijo su esposo—, ella sabrá qué hacer. No sea que por querer salvar a uno se nos mueran cuatro, o nos roben los animales. Pero tú no te preocupés, porque ella sabe cómo se hacen estas cosas.

     No contestó, era inútil, sólo señaló la sombra de una ceiba, en el espacio central del caserío. Era necesario tomar un descanso, alimentarse. Contaban con  tortillas, frijol y chile para recuperar fuerza y emprender el regreso.

     Enedina consumía con lentitud los bocados de la desesperanza cuando sobrevino la primera agitación  de su vientre, que poco a poco se convirtió en una continua y agobiante convulsión. 

     De nueva cuenta en el dispensario, el rostro del joven médico no pudo ocultar la preocupación.  ¡Algo estaba muy mal! Enedina permanecía en un grito desgarrador, mientras la sangre brotaba incontenible de su entrepierna. El dolor era terrible y continuo, como si algo se la estuviera comiendo viva.

     La voy a operar —le dijo al esposo— y usted debe aceptarlo porque, si no, se muere. Aunque debe saber que existe mucho riesgo.

     Esposo y aspirante a enfermera sostenían a Enedina mientras el joven aplicaba anestesia en la columna vertebral.

     Con mano temblorosa pero decidida, cortó el vientre. 

     Quinientos gramos de odio, de escamas, dientes y tenazas filosas, saltaron. El engendro, por un momento,  se prendió a la bata del médico dejando su huella. Trató de hundirse de vuelta en el cuerpo abierto sin conseguirlo, para en seguida brincar hasta el rostro estupefacto de la asistente. El carnívoro emitió un chillido agudo, mordió aquella cara y bajó por su cuerpo para salir del lugar dejando un rastro viscoso y sanguinolento. Luego se perdió entre los manglares del estero, en busca de otro universo y de otros seres a quien morder. 

     Paralizados por el terror, no escucharon la última queja de Enedina.

     Poco después, bajo la ceiba, viendo sin mirar, el padre envolvió los restos del cuerpo despedazado a mordidas de su otro hijo mientras, con un sordo reclamo, le preguntó a Dios: ¿Qué hiciste, cabrón?



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