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¿Cuándo, pues, me toca a mí?
Rubí Mandujano Ponce de León
Dormirás muchas horas todavía
sobre la orilla vieja,
y encontrarás una mañana pura
amarrada tu barca a otra ribera.
Antonio Machado
Algo se moría aquella madrugada en Julia Gómez: Una parte de su alma, la consagrada a una misión divina, una de las razones o quizá la única que tenía para continuar viviendo y siendo útil a sus noventa y ocho años.
Bersabé, su única hija, quien le diera seis nietos, diecinueve biznietos y cinco tataranietos, yacía sin vida y sin su presencia en la cama de un hospital. Julia lo supo, de la misma forma que supo siempre desde las cosas más triviales como que el canto de un ave anunciaba una visita inesperada, hasta los asuntos más
importantes, que si el cielo estaba como empedrado iba a temblar, o que si una discusión subía de tono era mejor permanecer callada.
Esa mañana despertó sin su hija y con la parsimonia que los años instalaron en sus pies se encaminó a la cocina, puso agua para café, tostó una tortilla y se sentó a esperar a que sus nietos llegaran a confirmarle la noticia. Cada bocado era motivo para preguntarle en silencio a San Pedro: ¿Cuándo, pues, me toca
a mí?
A los quince años Julia se cayó de un caballo, murió y tocó a las puertas de San Pedro, pero éste la rechazó con estás palabras:
—¡Regrésate Julia todavía no te toca!
Julia sabía que si el Guardián de las Llaves la había regresado era porque tenía encomendada una misión. Sin embargo no adivinó cuál era hasta que nació Bersita: ¡Qué hermosa era! Con esa piel tan blanca y tan suave y esos ojos ya del color del cielo, ya del color del mar ¡Cambiaban según el ánimo del sol!
Julia tenía la piel del color de la tierra y le parecía increíble cargar en sus brazos una hija del sol. Decidió que se trataba de una intervención divina.
Llegó el ataúd. Julia dispuso que lo colocaran en el corredor en medio de la vitrina que lucía recuerdos bordados de telarañas y el altar dedicado a la virgen y a sus muertos. Pronto la casa se llenó de gente venida de todos lugares imaginados del país.
Julia, que no sabía estar sin hacer algo, ni siquiera en los momentos de mayor tribulación, exigió que la dejaran preparar el café. Con toda intención puso más del necesario en el colador y dejó que diera más de dos hervores y con un soplador de palma dirigió el
aroma hacia la ventana de la cocina para que inundara el corredor pues tenía la débil esperanza de escuchar a Bersita decir: ¡Maama, Maama, traiga ya el café! Como la argucia no resultara y no había para Julia algo más desesperante que el tiempo perdido en vano, decidió también intervenir en los preparativos de la comida.
No pudo evitar la carcajada cuando vio a su nieta y a sus nueras al borde de la histeria tratando de resolver el gran problema que significaba dar de comer a los asistentes. Eran muchos y hubo que pedirle a los vecinos que trajeran consigo sus sillas y acomodarlos en el
patio de secar café.
--¡Qué niñas jajaja! Cómo les gusta hacerse bolas... ¿Qué, ya no se acuerdan que a todas ustedes les enseñó a cocinar Bersita? También les enseñó que cuando no hay pisto nomás es cosa de salir al jardín. A ver tú, ve a cortar la chaya, acuérdate de saludarla
antes. Tú, ve por el chipilín, y tú, ve al molino por masa para las bolitas.
Cuando hubo repartido las tareas fue a sentarse a lado de su hija, sacó el cigarro número quince del día y mientras lo encendía habló así:
—Ay m’ija, te encantaría ver esto, aquí están todas tus comadres, tus cuñadas, las que viven. Tus hijos, no se han separado de ti ni un instante. Vaya hasta tu marido está aquí, y un tu nieto hasta trajo marimba. Consiguió la misma que te trajo hace dos meses en tu cumpleaños, ¿Te acuerdas? Oye, ¿recuerdas cuando todavía no ibas a la escuela? Tenías como diez años. Nos levantábamos
bien tempranito, antes que el sol, porque nuestro negocio era dar de comer a tanta gente como la que ahora está aquí reunida. Tú eras bien lista y los organizabas por tandas... te daba tiempo pa’ todo: cogías leña, molías café, echabas las tortillas...
“Sí, tú siempre has sabido llevar una casa. ¿Qué tal cuando nacieron tus hijos? Todos en casa, nada de hospitales. Eso sí es ser valiente y cómo te fletaste pa’ darles de comer y de vestir, ¡y educarlos cómo nos costó! Porque tú, al fin madre, los consentías reteharto, pero allí estaba yo para ayudarte ofreciéndoles en una mano el pan y en la otra el palo. ¡La de veces que les tocó el palo! Pero míralos, pues, ahora quesque licenciados, ingenieros y hasta un médico y tú,
hija, casada con un hombre de bien como corresponde.
Y tus nietos, ellos que ya nos conocieron así de viejitas y así nos quedamos en su mente como las fotos en blanco y negro que tomaba tu marido. Cómo los procuraste, bien malcriados que los tenías, eran casi veinte y no olvidaste nunca un cumpleaños. Madrugabas pa’ ir a cortar las hojas de plátano pa’ los tamales que preparábamos juntas y luego, sola, hacías el manjar, era tu gusto. No importa si no vivían cerca, no hubo una Navidad en que esta casa no estuviera repleta de chamacos
y cómo gozabas. Aunque metida todo el día en la cocina. Nomás te asomabas para oírlos reír.
Después con esa mentada diabetes empezaron tus achaques. Bien que te quejabas, pero bien que aguantaste un chorro de años con tu cruz, porque los viejos tenemos menos enfermedades que los jóvenes, pero las que tenemos no nos abandonan nunca. No pos sí, Bersita, ya te
hacía falta un descansito”.
Julita le besó la frente y se dirigió a la recámara. Había que dormir para estar con su hija al día siguiente en su final como lo estuvo siempre desde su nacimiento. ¿Cuándo, pues, me toca mí, San Pedro?, masculló mientras caminaba y encendía otro cigarro.
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