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EL CACHUCO RONCO
Marco Aurelio Carballo
La vegetación estaría en todo su esplendor excepto por los árboles que los ventarrones arrancan de cuajo, sobre todos los almendros. Aún se erguían enhiestas, apuntado hacia el cielo azul, las verdes palmeras indómitas del parque central que un alcalde nocivo mandaría serruchar. Buscando a la clientela de las cafeterías del centro, a los jubilados, a los empresarios, a los finqueros, a los juniors, a los que compraban periódicos
o billetes de lotería mientras chachareaban de todo, lo vi en La Cruz Blanca de los Portales. Predominaba como un general en el batallón de soldados rasos porque usaba botas, lo que no era extraño pero sí que llevara pantalones de pana color vino en aquel clima ardiente y un reloj enorme de buzo o de astronauta aunque no recuerdo si ya había astronautas. De cerca tú notabas que producía un ruido extraño con la nariz o con la garganta, no recuerdo bien, como de estertores, y que jalaba el aire
con dificultad, de tal forma que los boleros y los voceadores le empezamos a llamar el cachuco ronco al creer que era guatemalteco. Los próximos cinco o seis días nos preguntaremos entre sí por el visitante magnánimo ya que nos daba espléndidas propinas.
No imaginé que fuera argentino porque su entonación se le oía distorsionada en la mixtura de muchos tonos centro y sudamericanos, seguro. Cuando vi por primera vez al Cachuco Ronco le estaban boleando las botas de piel de víbora o de lagarto. Permanecí viendo sin mirar el trabajo del aseador de calzado, descalzo como todos. Cavilaba en cómo dejar de ser voceador el fin de semana para encontrarme sin dificultades con mi novia, mientras el forastero hojeaba Hoy o Mañana o Revista de Revistas de
las que yo le había vendido, una colección casi completa, y que pagó con quetzales. Paternal decía siempre que guardara el cambio. Una de las soluciones hubiera sido fugarme en el próximo circo, un sueño infantil recurrente. Pero igual pude treparme al tren en marcha como lo hacía para ofrecerle mis revistas a los pasajeros, a su llegada procedente del puerto de Veracruz, luego de pasar por el Istmo de Tehuantepec, a la una y media de la tarde, o dos horas después antes de su partida en
sentido inverso, con sus vagones flamantes, barridos y sacudidos, y con una locomotora aceitada y fresquecita.
Subirme al tren y no abandonarlo, dejarme llevar como dejaba que me llevara el vaivén suave o violento pero espumoso y estimulante de los tumbos en San Benito, rebautizado años después por la burocracia como Puerto Madero. Los habituales se acostumbraron a la presencia del Cachuco Ronco porque nuestro pueblo fronterizo recibía toda clase de viajeros que iban a Centroamérica o que venían de allá. Pero de que llamó la atención la llamó. Lo extraordinario acontecía cuando alguien que tomaba
pensativo su café o que bebía su horchata o su cerveza, compadreando con sus amigos de toda la vida, era abatido a balazos por matones alquilados, en plenos portales, de cara al Tacaná, a metros de la comandancia policíaca, como murió abatido el Turco, integrante de una familia que trajo consigo a este país el signo de la mala fortuna marcado en la frente, porque los liquidaron uno a uno debido a no sé qué rencillas entre finqueros revanchistas, al grado que la abuela enviaba a los nietos a
la primaria con revólveres en la mochila, se decía.
Ver a un visitante estrafalario por su atuendo y por su tonillo de voz no causó mayor extrañeza que a nosotros gracias a lo de las propinas. Lo vi ese sábado y el domingo cuando vendía las revistas en las mañanas y el resto de esa semana posterior a mi cumpleaños de tarde para vender los diarios en un atmósfera soporífera o bajo esos aguaceros formidables con sol y con las avenidas convertidas en ríos. El visitante estuvo siempre solo en los Portales a pesar de que se afirmaba que había
llegado con una mujer muy guapa. Si alguien lo acompañaba era el Muco René Ortega, un fornido mecánico prieto y mal hablado de Barrio nuevo, mi vecino, mientras bebía una cerveza que le invitaba el Ronco. Mi paisano le hizo algún trabajo, un yip descompuesto, o una camioneta desbielada. El Cachuco Ronco siguió dándome buenas propinas y boleándose las botas dos veces al día para regalarle a los boleritos unos pesos, sospecho ahora. Así que hubiera sido imposible olvidarlo, no lo olvidaría
nunca, y menos a partir de cuando lo vi retratado en la primera plana de Excélsior con un fusil en la mano en Sierra Maestra o entrando triunfante a La Habana, junto a Fidel, si bien ya con sus barbas ralas y su bigote cantinflesco y que me digo puta madre si el Cachuco Ronco era el Che Guevara, pero ¿con quién comentarlo?
no vendía ya revistas porque persuadí a mi viejo quien sabe con qué argumentos. A lo mejor porque huí de casa en tren pero me regresaron de Chahuites, Oaxaca, o porque cursaba ya la prepa y disponía de más y mejor información sobre los derechos de la clase trabajadora y revolucionaria, según yo, gracias a cuanto leía en diarios y revistas de la capital sobre la friega que la guerrilla estaba infligiéndole al dictadorzuelo Fulgencio Batista. Mi ex novia de la primaria parecía coneja al
parir críos cada año y yo iba por la vida tras mi novia en tiempos de la prepa, Clararrosa, adonde ella fuera. Pero ésta ignoraba todo de las revoluciones y tampoco quería saber algo. Los boleros de los Portales no eran ya los mismos de cinco o seis años antes, sino otros que tenían de compañeros de la niñez infame a una oleada nueva de voceadores
Lo último que supe de la visita, gracias al Muco René Ortega, fue que el Che estuvo esperando que le arreglaran una motocicleta y que la mandó en tren de Tapachula a Arriaga, donde principiaba la carretera hacia la ciudad de México. Debe de haberse ido en tren y debe de haberse bajado en aquella población. Luego se encaramó en el aparato y tras el pedalazo y el acelerón fragoroso salió zumbando hacia el DF, para su encuentro, ese sí histórico, con Fidel.
Si el Che no partió él solo en la moto pudo haberse llevado en ancas a la mujer enigmática que no salía del hotel, dijo el Muco, debido a que pescó una amibiasis por comer repollo mal lavado en algún comedero del pueblo. De haberlo sabido nosotros o de haberse enterado el Che hubiéramos constituido una guerrilla con los boleros descalzos y los voceadores vocingleros, si no una guerrilla invicta cuando menos resistente a la mala vida y tan bullanguera como los zanates de mi pueblo, y yo hubiera
evadido la leva familiar e invitado a mi novia de la primaria para salvarla de su boda prematura, porque a los veinte poco le faltaba para ser abuela.
*Este fragmento forma parte de la novela "Muñequita de barrio", de MAC, editado en 1999 por el Fondo de Cultura Económica y el Coneculta de Chiapas.
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