AROMA DE FRUTAS TROPICALES


«Pero de donde me iba a agarrar Chole, si me estaba muriendo, ese maldito accidente en el estero me retorció las entrañas como los manglares de Soconusco. Tal vez fui cobarde, pero cuando uno se está ahogando y el aire no te llega a los pulmones, carajo, cualquiera se quiebra. Fue cuando el miedo me arrancó lo incrédulo y por eso, mi querida Chole, le pedí a Dios que no fuera ingrato conmigo y me dejara vivir, siquiera hasta el dos mil. Pero, carajo, reconozco que yo tuve la culpa, porque ¿quién me manda meterme al pantano bien bolo?» 

Cuando abría los ojos, atravesado en la cama con los zapatos puestos, la luz prendida y su viejo aparato musical con el disco LP repitiendo machacón una frase de cualquier canción, se le incrustaba un doloroso complejo de culpa, porque el tiempo avanzaba y lo único que hacía era acumular años y años, hacerse cada vez más viejo y más borracho. Los puyazos del pasado, ahí estaban, alimentándole los remordimientos. Despertaba con el sabor a cobre en la boca por la gran cruda, que como le decía su compadre y único amigo, era su estado natural, menos cuando estaba bolo. 

Así era él, el solitario Norgus Cano, un cincuentón con pretensiones de escritor y con una dolencia común: la enfermedad de los recuerdos. Su figura quijotesca con los bigotes descuidados y sus ojos verdes, enormes y caídos, provocaban un extraño aire de distancia, de tristeza.

Arrastrando quince años de divorcio se le rompió el ánimo y se postró en el exilio voluntario, en una casa tan vieja como grande, donde los ruidos inexplicables se sucedían a cada momento; se paseaba por las habitaciones arrojando proyectiles a los ratones, amarrado a un alcoholismo secreto e inmerso en una soledad exasperante, que a borbotones se le salía por la mirada. 

«Que diablos Chole, eso fue hace un chingo de años, pero carajo, dentro de unos meses ¡caput!, se me acaba el tiempo, pero si me he de morir, quiero dejar algo escrito, aunque sea una novelita de ficción» 

Al mirar a su alrededor siempre la encontraba. Chole en la recámara y la cocina, Chole en la sala y el baño. Aún cuando miraba la televisión ahí estaba, ahogando sus comentarios, haciéndose notar.

«¿Sabes que voy hacer Chole?, compraré una computadora, je je, te voy a mandar por un tubo Chole, con todo y ratones, je je, con ese aparatito, no creo que me hagas mucha falta, porque voy a conseguir buenas amiguitas, carajo, ya no estaré solo, además será más fácil escribir, ya lo verás Chole, je je je»

Y así lo hizo a mediados de 1999, dedicándose con ahínco a descubrir los secretos electrónicos.

En los dos géneros fluyeron locos, farsantes, ingenuos, cavernícolas, maniáticos sexuales, ignorantes, fanáticos religiosos, pero también gente sincera y culta apareció en los embrollos electrónicos. Y se sintió acompañado. 

Una noche, cuando el hastío se le quiso meter, Norgus se cansó de la tal Chole. Cuando ella clavó sus afiladas uñas en el borde de su alma para comérselo vivo, la apartó con brusquedad, la tomó del brazo y la echó de su casa. No permitiría de nuevo ser maltratado. Ahora, con la computadora estaba comunicándose con mucha gente y de todo el mundo. 

Fue así como conoció a Rocío... su increíble Rocío Rosas, que vivía en los Estados Unidos y gozaba de una espléndida situación económica. Ella lo aceptó porque descubrió en Norgus una gran capacidad de comprensión. Compartió las imágenes cósmicas y entendió sus nostalgias y en el transcurso de interminables diálogos cibernéticos se confiaron los secretos. Ella habló de sí misma describiendo su figura, le contó del aroma de frutas tropicales que le brotaba del cabello, del color de sus ojos, del lunar en el límite de la espalda y de sus estremecimientos nocturnos. Él relató sus tristezas y las ilusiones que lo alimentaban, se fabricó un carácter con cargas exageradas de templanza, narró sus experiencias incluyendo aquella en la que estuvo a punto de morir en la marisma de la costa y la hizo feliz con los descomunales enredos de su fantasía. 

Su destino, dejó de ser ese mundo de incertidumbre, como lo calificaba su compadre. Su destino era un lugar específico, material, donde irremediablemente iba a llegar sin equipaje. La última estación llena de luz donde brotaba la felicidad del cuerpo, de la risa y de los ojos de Rocío.

La esperanza se amarró con firmeza a su alma, pero no se dio cuenta que el cimiento donde descansaba su realidad, se erosionaba. Se olvidó de Soledad porque sucedió lo único que podía suceder: se enamoró. Se enamoró con tal fuerza que dejó de beber.

Ese amor hubiera cambiado su destino, pudo haber fructificado como tantos otros que conociéndose a través de la Internet, terminan en el altar. Habría sucedido, quizá, pero cometió un error, una mentirilla que al principio le pareció divertida... su edad. Teniendo cincuenta y siete, le dijo treinta, a ella que apenas rebasaba las veinticuatro primaveras.

Cuando Rocío le anunció que cruzaría los dos países para reunirse con él, la angustia se le filtró hasta los huesos y comprendió que sólo la verdad le ayudaría. Le escribió un largo y emotivo correo. Le pidió perdón y dejó que ella pronunciara la última palabra.

La respuesta fue devastadora.

Era de esperarse, la edad lo vencía y ni Dios era capaz de regresarlo unos cuantos años. Los días de Norgus empezaron a transcurrir con lentitud. El reloj en la pared principal de su casa se convirtió en un ente diabólico provisto de un poder inexorable donde se estrellaban los intentos por rescatar los espacios pasados. En la máquina del tiempo se ocultaba la bestia: tic, tac... tic, tac..., esa alimaña que cada segundo le arrancaba un pedazo de vida y de razón.

Abrazando de nuevo el viejo ritual alcohólico, la cordura se le escurrió del cerebro y se precipitó fragmentada hasta el fondo de su alma, para no salir jamás.

Esa noche, bajo los efectos del tequila, le abrió de nueva cuenta las puertas de su alma a Soledad. Lloró en sus brazos. No sufras —le dijo— aquí estoy contigo y jamás te abandonaré. Yo sí te quiero.

Su voz se tornó dulce y persuasiva. Escuchemos a Mozart, le susurró. Invitemos a nuestro viejo y querido genio. Él obedeció maquinal y puso el disco, mientras apuraba de la botella, ansioso de un pedazo de realidad. Los saboteadores de la razón convergieron esa noche para practicar el delicado arte de la conspiración confeccionando el traje justo a la medida de Norgus. 

Música, alcohol y soledad, lo fijaron en un punto de luz creciente en el monitor, la habitación se llenó de visos tornasolados, danzantes frenéticos que giraron y giraron convirtiéndose en un embrujo sideral de imágenes; minúsculos sistemas planetarios y estrellas flotantes se desprendieron de la pantalla y se le metieron por la boca, por la piel y los oídos, para salir en el túnel de su visión, dibujando en la pantalla la faz imaginada de Rocío. Había tal magnificencia en ese rostro, que no pudo ser borrado por los débiles ataques de una realidad que insistía en recuperar terreno. 

Hola mi amor —dijo la chica— bésame.

Sonidos metálicos retumbaron en su cerebro cuando depositó el beso en los labios de cristal. Bajo el impacto de un largo estremecimiento se puso de pie transportando a su chica de la pantalla electrónica hasta el realismo mágico de su imaginación, como si fuera una diosa mítica, coronada por un derroche policromo de insondables sortilegios. ¡Rocío estaba con él!... y de un solo golpe se bebió el destello de sus ojos castaños. Le besó el cuello y los hombros, besó su espalda y descubrió el lunar en la frontera del deseo; metió el rostro en el aroma de frutas tropicales de su cabellera. Sus manos se encantaron de piel y los labios escalaron la cúpula de sus mamas, acarició el contorno universal de la existencia, besó las piernas firmes y níveas y en el paroxismo de su demencia... la penetró. 

Explosión frenética del deseo, delirante unicornio alado trotando por los caminos del cosmos, rodeando las estrellas y escribiendo en el infinito las páginas más bellas de su ternura, en el último instante, en el extravío final, expulsó el fuego ardiente de su amor... amor eterno, cibernético, idealizado y puro, como su propia locura, dejando en el vientre las últimas gotas de su existencia.

Desde la acera de enfrente, metida en la madrugada del primer día del año dos mil, Soledad fue testigo de cómo multicolores hilos de luz se escapaban, deslizándose como culebrillas por debajo de la puerta... por las ventanas... y por los orificios de la casa de Norgus.

Consumado está —dijo— y silbando una vieja tonada de Mozart, se fue a buscar una nueva y solitaria víctima, mientras su rostro dibujaba un gesto, apenas perceptible, de sarcasmo.

En la casa, computadora, botellas y Norgus, desnudo, y con las manos en los genitales, yacían en el suelo. Del monitor roto brotaban chispas de colores que los ratones intentaban atrapar para meterlas en la boca sonriente del muerto. 

Autoridades, familiares y curiosos, sólo se pusieron de acuerdo en una cosa: que un aroma a frutas tropicales, flotaba por ahí. 


Gustavo Gonzzalí.
Madrugada del 07 de abril del año 2000.
Tres treinta horas.


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